Al recibir la confirmación de mi aceptación en la Academia de Filosofía natural, me detuve en los escalones de la tienda de mi padre, sosteniendo la carta con manos temblorosas. Mi mirada corría sobre las palabras escritas en letra elegante. Con el pulgar acariciaba el sello de cera con el escudo de tan estimada institución. Me abrumaba la idea de pasar años entre las mentes más grandes de todas las islas.
Tras despedirme de mi familia en Karnaca, viajé a Cullero para pasar una semana con mis primos antes de continuar mi viaje hacia Dunwall. Mi orgullo y sus cumplidos me facilitaban el camino. Entré en la Academia a mitad del mes de las tinieblas, y ahora, en perspectiva, parece apropiado.
Soñaba con explorar las profundidades del conocimiento, pero como estudiante de primer año, las únicas profundidades que he explorado se encuentran en el fondo de los orinales. Me oprimen capas y capas jerárquicas, y me siento un pequeño gusano que se retorciera en el corazón de una gran catedral. Cocino, limpio y remiendo ropa para los estudiantes mayores y los profesores. Paso la mitad de mis noches inclinado sobre las humeantes tinas con la lavandería, en lugar de sobre los densos tomos que esperaba.
Qué ingenuo fui al imaginar que podría tomar parte en las teorías emergentes de nuestro tiempo, y quizás incluso expandirlas. Ay de mí, soy solo un nuevo par de manos para recibir y pelar cajones enteros de papas de Morley. ¡Madre! ¡Padre! Hacer mantequilla ya no tienes secretos para mí; ¿es así como tengo que aplicar mi intelecto?