[Pasaje de Días perdidos en Shindaerey: memorias]
Comenzó con las alucinaciones: Juana Gallardo gritando cuando su casa se desvaneció al abrir la puerta principal. Los mineros que regresaban de las profundidades con historias espeluznantes de túneles que aparecían bajo sus picos, ya trabajados y despejados. Pero pronto toda la ciudad se vio inundada por lo inexplicable.
La primera vez que tuve una alucinación, estaba trabajando en la tienda de la compañía minera de Shindaerey, distribuyendo suministros a buscadores recién salidos de los vagones procedentes de Karnaca. Agarré una linterna para cabeza de la estantería y me volví para dársela a un cliente, pero este había desaparecido. Al igual que el resto de la tienda. Me encontraba sola, en una calle arrasada por el polvo, entre ruinas desmoronadas. Era la ciudad de la cantera norte, pero diferente, como si las décadas la hubieran comprimido contra la tierra. Parpadeé y la visión se disipó. Me quedé confundida, mirando fijamente a un cliente lleno de curiosidad.
Pronto, toda la cantera norte empezó a aparecer y desaparecer de la existencia. Estabas hablando con un amigo y este desaparecía en mitad de la conversación. Te dabas la vuelta en la cama y te despertabas bajo el cielo estrellado. Perdimos la noción de qué era real y qué una ilusión. Y fue empeorando. La ciudad desaparecía durante días mientras nosotros acampábamos en cuevas y hablábamos en susurros. Se volvió insoportable. Uno a uno, mis vecinos huyeron a Cullero, a Bastillion, a cualquier parte que no fuera Shindaerey. Pronto, fui la única que quedaba, vagando solitaria por calles desiertas.
Me había vuelto medio loca por la soledad, recorriendo los túneles mineros que llevaban a las profundidades de las montañas, cuando me topé con un ojo gigante. Parecía zumbar de energía, atrayéndome. Y cuando lo toqué, en mi interior estalló el entendimiento. Las capas invisibles del universo quedaron al descubierto. Dejé las minas convertida en una mujer más sabia; los secretos de Shindaerey ya no eran un misterio para mí. No volví a presenciar más desvanecimientos. A partir de entonces, para mí, la ciudad permaneció sólida como la piedra.