La sangre manó de la herida de su palma. Pronto, esta también brotó de sus ojos y le bajó por la cara escurriéndole en forma de lágrimas. La rata blanca se acurrucó en su mano marcada, protegida por la extraña magia del chico.
Caminó tambaleándose por las calles de Dunwall. Todo el mundo daba un respingo al verlo, temerosos de la plaga que apresaba su cuerpo. Solo le quedaba un lugar al que ir.
Pronto encontró el santuario que le había conferido estos poderes. No vio señales de actividad, ni siquiera cuando se arrodilló ante él. Había esperado encontrar al Forastero de nuevo, pero el joven no apareció. El chico apartó la mirada de todo aquello y sintió que el Vacío se le acercaba.
Los que le habían hecho daño estaban muertos. Y sonrió por eso, por el único que se había apiadado de él en sus pocos años de vida. Se sentó sobre las frías piedras, ante el santuario.
“Gracias”, se oyó un susurro cargado de dolor en el aire de la noche. Había vivido sus últimos días sin miedo.
La vida abandonó al chico, y su sonrisa se fue reduciendo hasta convertirse en una mirada apagada. La ratita blanca se le escurrió de la mano y empezó a lamerle la sangre de la mejilla.