[Pasajes de las memorias inconclusas de Ivan Jacobi]
Mi abuelo siempre había despreciado a mi madre de Tyvia, y mi madre trataba a su suegro con el mismo frío desdén con que trataba a todo el mundo. Pero, cuando nací, él se dio cuenta de que éramos iguales. Teníamos en común un semblante similar y una miopía hereditaria, de los cuales carecían mis hermanos. Los dos pertenecíamos a un linaje que había vivido en Serkonos desde antes del imperio.
Cuando las deudas de mi difunto padre se volvieron demasiado grandes y nuestras tierras demasiado pequeñas, mi abuelo se retiró a la última parcela de tierra que nos quedaba: la cripta de la familia. Mi madre, temiendo la clase de hombre en que me convertiría si me criaba entre muertos, se trasladó con nosotros a un departamento en el barrio alto de Cyria.
Pero volvía con mucha frecuencia a ese mausoleo polvoriento. Las criptas se extendían por una tierra que me pertenecía por derecho. Mi abuelo, tan terco como yo, dormía junto a ellas. Con el tiempo, aprendí a conocer cada calavera y cada historia. Y, cuando no tenían nombres, se los ponía. Cuando carecía de historias, me las inventaba.
Y entonces, una administración indiferente consideró que nuestra cripta estaba “abandonada” y se quedó con ella. Sacaron los huesos de mi familia y los tiraron a una zanja. Mi abuelo, que había hecho su hogar entre los muertos, se convirtió en un vagabundo y falleció poco después.
Esta tragedia me perseguirá siempre.