ELUCUBRACIONES DE UNA VIDA INTELECTUAL
Vigésimo octavo día del mes del gran frío, el día más importante de mi vida.
Fue después de comer en la mesa del claustro de la universidad, cuando los catedráticos nos retiramos a la sala común. Entre catas de vino y quesos de Morley, hablamos de nuestro trabajo. Hacía poco que yo había regresado a la Academia de Filosofía natural como profesor, para explicar las diversas enfermedades de la sangre que transmitía la fauna de Serkonos.
Ya era más de media tarde cuando apareció Anton Sokolov.
Este prefería comer solo, y por eso no me había encontrado aún con él durante mi estancia. Al hombre lo seguía una peste a brandi, como siempre, pero en cuanto me vio, abrió los brazos y resopló.
“Hombre, Galvani. Ven aquí, ven aquí”. ¡Aquella eminencia quería hablar conmigo!
Aunque iba despeinado por la bebida, aún no se había quitado la túnica bordada de su cargo como rector de la academia. Los bordados de oro rutilaron, dibujando constelaciones celestiales en el firmamento. Me quedé cautivado. Sirvió un vaso de tinto de Tyvia y me lo puso en las manos.
Lo que siguió fue sin duda una de las conversaciones más estimulantes de toda mi vida.