Antes del gran incendio, antes de las guerras,
una época sin nada excepto colinas y orillas.
El humo de las ciudades y los campos de centeno,
sin ojos ni voces más allá del cielo.
Los creyentes vagaban de una a otra ciudad.
Espiaban a los recién nacidos, llenos de ansiedad,
en el país buscaban un niño que usar
y pruebas de peso y claves esotéricas.
En una negra ciudad en ruinas, había un marginado,
su padre era un monstruo y su madre, un cadáver enterrado.
Un mendigo, un mestizo, un chico sin zapatos,
que cayó en sus manos y padeció sus malos tratos.
¡Y vean, en el mes de las tinieblas!
¡Y vean, su nombre destruido entre las nieblas!
¡Y vean, aún susurra sombrío!
¡Y vean, descendió hacia el Vacío!
Le acercaron una luz, un gris nadir,
tenía el rostro vacío, sin nada que decir.
Esperó y esperó, mientras los ojos le pintaban,
con pigmentos y tintes la ropa le coloreaban.
Encontraron un camino de la luz alejado
que llevaba a un viejo árbol por la plaga asolado.
Un altar secreto, rodeado de piedras,
sendas hojas de bronce, en huesos afiladas.
¡Y vean, en el mes de las tinieblas!
¡Y vean, su nombre destruido entre las nieblas!
¡Y vean, aún susurra sombrío!
¡Y vean, descendió hacia el Vacío!
En el mes de las tinieblas, de estaciones ya sin brío,
un sacrificio ritual unió su espíritu al Vacío.
Con los ojos ya sin color, ya no era un mendigo,
en aquello que los creyentes esperaban se había convertido.
Más allá de las esferas, al exterior le sacaron,
tranquilo como la noche, más de lo que los años duraron.
Abrió los ojos, negros como soñar,
intentaba hablar pero solo pudo gritar.
¡Y vean, en el mes de las tinieblas!
¡Y vean, su nombre destruido entre las nieblas!
¡Y vean, aún susurra sombrío!
¡Y vean, descendió hacia el Vacío!