Me estoy estancando. Cada canción que compongo me aburre. ¡Necesito inspiración! Hay profundidades sin explotar en mi interior, canciones que harían que Gloriana sonara como graznidos de cuervo. Pero, claro, mi entregada audiencia no sabría ver la diferencia. Anoche, en el teatro de la ópera, me dedicaron tres ovaciones cerradas de pie, gritando “¡Otra!” hasta que se quedaron afónicos. Pero ellos vienen a verme por mi fama, por mi apuesto rostro en los carteles, más que por mi música. No, no puedo dejar que su adoración me haga caer en la complacencia. Debo ampliar mis talentos y crear canciones más maravillosas todavía. Pero ¿cómo?
Cuenta la leyenda que el gran compositor Anton Cheswick escribió su Concierto de Pandyssia en el trance de la muerte, cada nota un grito de pérdida y de anhelo al borde del Vacío. Quizá si pruebo la muerte me inspire a mí también. ¡Sí, eso es! ¡Tengo que morir un poco para renacer como artista! Tengo que escrutar más allá del velo y contemplar las grandes verdades de la existencia. ¿Qué mejor inspiración? ¿Qué fuente más pura de fuerza creativa puede haber? Imagina las obras maestras que compondré mirando los ojos negros del mismísimo Forastero...