Por Anton Sokolov
Capítulo 16
Dos muertos en nuestro primer día en el continente, pero el nuevo mundo no se había saciado y aún caería otro más. ¡Y fue el mismísimo capitán! Su grupo había descubierto varios roedores, muy parecidos a conejos o a topos de la pradera. El deseo de carne fresca fue una tentación demasiado grande para nuestro buen capitán, que todos estos monótonos meses había cenado un poco de pescado y las mismas raciones que la tripulación. ¡Logró atrapar una de las criaturas con las manos desnudas! Pero, después de todo, las dóciles bestias resultaron no ser tan mansas.
Tras haber permitido al capitán que la agarrara, la criatura se encolerizó y asestó varias picaduras desde una glándula oculta en su cola. El capitán se quejó de “calor y picores” donde lo había picado, pero insistió en que continuáramos. Murió asfixiado un cuarto de hora después.
De repente, me resultó obvio que a ese ritmo de desgaste no solo no podríamos investigar el continente lo suficiente, ¡sino que pronto podríamos quedarnos sin la tripulación necesaria para el viaje de regreso! ¡Había que hacer algo para salvar la empresa! Así que me proclamé capitán de inmediato. Siguiendo mis órdenes, lo que quedaba de la tripulación se mantuvo en la seguridad relativa de la playa el resto de la semana.
No obstante, envié a dos jóvenes estudiantes de la Academia armados con redes y jaulas para que atraparan un ejemplar vivo del “topo de la pradera” que tan rápido había acabado con el capitán. La nuestra era, al fin y al cabo, una expedición de investigación.