Nunca fueron tan fuertes. Con cada uno, me siento como si muriera de verdad. En algún callejón de Karnaca, con la manga del abrigo empapada de sangre hasta el hombro, medio ciega, con el rostro abierto como si fuera un molusco de río. Con los ladrones esperando para poder mirar si tengo dientes de oro y conseguir un par de botas mejores; o con la Guardia mayor, que empuñan espadas ensangrentadas y ríen mientras me muero. Cada sueño difiere un poco, pero no demasiado.
Cuando me despierto, me miro al espejo solo para asegurarme de que mi ojo sigue donde estaba la noche anterior. ¿Es que hay alguien en las islas que tenga que cerciorarse de que no le han cortado el maldito brazo por la noche? Es ridículo.
Me queda poco tabaco, con todo lo que he llenado la pipa las noches en las que no podía dormir. No sé qué haré cuando se acabe.