Oh, hermano, llevo aquí sesenta y tres días.
Agitadas, las aguas; el ballenero mecían.
No retengo la comida, el sueño no concilio,
la noche es muy negra y en aguas profundas no cabe el auxilio.
Era verano cuando en este viejo barco de madera embarcaba,
y en la grada del muelle de Cullero el sol fuerte brillaba.
Pero ahora son todo tormentas en lejanos mares helados,
y si no me ahogo, seguro que acabaré congelado.
Sobre negras olas el viento nos hizo su fragua;
protégeme, hermano, de una tumba en el agua.
Las ratas de cubierta muerden mis talones con fervor,
mientras por los agujeros de la ropa se me escapa el calor.
Estos tazones de sopa marrón, que apenas traen carne,
hacen que por la noche sueñe con mi vieja y soleada calle.
Pero un pobre diablo como yo tiene que ganar un poco de dinero,
así que yo solo me metí en esta jaula de marinero,
en la que el capitán es un matón y la tripulación está llena de ladrones
y el licor es tan malo que da terribles ardores.
Sobre negras olas el viento nos hizo su fragua;
protégeme, hermano, de una tumba en el agua.
Ocho semanas, ocho dijeron,
pero ya van diez, que de nuestro tiempo partieron.
Ni una sola roca a la vista,
otra noche peligrosa está lista.
Ven, joven marinero, y aprende de mis problemas,
si sueñas navegar por el imperio de las islas.
Es un cuento de tiempos difíciles, diaria la muerte ya es vieja amiga;
así que no vayas a creer una palabra que el capitán diga.
Sobre negras olas el viento nos hizo su fragua;
protégeme, hermano, de una tumba en el agua.
Una tumba en el agua.
Una tumba en el agua.