[Pasaje de unas páginas arrancadas de un viejo diario, fechadas en 1841]

Había redecorado uno de sus dormitorios con terciopelo y velas. Si hubiera puesto una lámpara, habría parecido poco convincente, pero las velas hacían que fuera espeluznante. Supongo que esa era la idea. Una de sus sirvientas debe haber colocado también un audiógrafo detrás de una cortina para hacer sonar música, porque durante toda la velada pude oír instrumentos de cuerda amortiguados.

Nos sentamos alrededor de una mesa, nos tomamos de las manos y cantamos sobre el pequeño pedazo de hueso de ballena que ella había encontrado. La verdad es que todo parecía estúpido. Esperaba más. Algún trueno, o que apareciera una bruja y bailara en la mesa para nosotros, no sé.

Pero sentí una presencia... Algún tipo de energía inquieta. Es difícil de describir. Algo intentaba llegar a mí. ¿Quizás era madre? Pero ese algo estaba molesto, casi enojado. La sensación me recordaba a la vez que me enredé con las algas del fondo de los lagos del barrio residencial y padre tuvo que aventarse adentro para salvarme.

No se lo conté a nadie. Sé que solo era un juego tonto. Pero si podemos capturar voces con los audiógrafos o luz con esas nuevas silvografías, entonces, ¿por qué no íbamos a poder capturar también espíritus con alguna otra máquina?

Debería hablar con Anton.

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