Han pasado ya seis meses desde que llegué a Addermire en una misión permanente. Ya no tengo claro que fuera una buena idea. Al principio, disfruté del aislamiento, porque me permitía hacer como si hubiese dejado atrás mi pasado.
Pero ahora me sorprendo a mí mismo cantando simplemente para romper el silencio. Huelo e inspecciono cada bocado antes de comérmelo. Cuando me ducho con agua de los depósitos de Addermire, no me siento limpio. Pareciera que la enfermedad se encuentra en las mismísimas paredes.
Por aquí ha pasado mucha gente enferma, ¡durante años! Y no solo portando gérmenes, sino padeciendo enfermedades de la mente también. Esas cosas dejan huella en un lugar, incluso después de que los pacientes se curen o mueran. Y nunca me han gustado los médicos. Tienen un olor particular y te miran como si solo fueras un montón de órganos.
Probablemente ya esté enfermo, al haber respirado este aire frío y húmedo durante tanto tiempo. Cuesta creer que la gente viniera a este lugar a curarse. Addermire ahora parece una tumba.
Quizás vaya a hacer guardia en la azotea para disfrutar del sol mientras pueda.