Décimo día del mes de la madera
Otro día sonriendo a estos idiotas adinerados y tomando sus tesoros. Me pregunto qué sentirían si supieran que no me interesan sus pequeñas y viles reliquias familiares. No, yo busco un premio mucho más grande, una joya de un valor inconmensurable. ¡La inmortalidad! Desde que descubrí el gran secreto de la secta, supe que debía alcanzarla. Todo aquello que valoré una vez, la riqueza, el poder, la influencia, se desvaneció hasta convertirse en algo insignificante. ¿Qué posesión material puede compararse a la vida eterna? Y si conseguirla supone que deba vivir en una sucia mina, adorando piedras negras junto a unos idiotas crédulos, que así sea. Es un precio pequeño a cambio de una recompensa tan grande. Poder contemplar el ojo del tiempo que nunca parpadea, reírme durante siglos mientras la riqueza de las islas se convierte en polvo a mi alrededor. Ese es el único tesoro que merece la pena tener.
Décimo día del mes de la madera
Antes de conseguir la inmortalidad, debo ocuparme del lío que armó Cienfuegos. ¡Que el Forastero se lleve a ese traidor! La secta no debe averiguar nunca que robó los documentos que ellos me confiaron. Si la información acerca de su entrada secreta al Vacío cayese en manos equivocadas, lo destruiría todo. Mis planes quedarían arruinados. ¡No! No dejaré que eso suceda. Esas hermanas del oráculo han clausurado el Conservatorio Real, pero ese es un obstáculo menor. Como muy bien sé, siempre hay una forma de superar las defensas más seguras. Solo necesito pensar en ello...