Día 1
Cuando llegó el censador de muertos, estaba convencido de que, si descubrían que mi mujer estaba enferma, también me llevarían a mí. Le ordené que se hiciera la muerta, e hice lo mismo con la esperanza de que los inspectores fueran demasiado vagos o demasiado estúpidos para preocuparse. Tal como sospechaba, nos cargaron en el carro de la peste sin molestarse siquiera en comprobar si teníamos pulso. Al censador no parecía importarle más que el valor de nuestro patrimonio.
Día 2
No sé muy bien si fue suerte o crueldades del destino que sobreviviera a la caída desde el carro de la peste. Sospecho que podría haber sido una maldición, pues mi querida esposa no solo sobrevivió también ilesa, sino que ni la experiencia ni la peste han servido para conseguir que cierre la boca y que deje de dar la lata. No tardamos en descubrir que no éramos los únicos supervivientes y, de hecho, hay un pequeño grupo que se apiña cerca de la puerta de Rudshore, rogando por alguna oportunidad de alcanzar la libertad.
Día 3
Sin duda, a estas alturas ya debería estar sintiendo los efectos de la enfermedad en mi pecho y garganta, pero, aparte de deshidratación y las molestias propias de un estómago vacío, no siento nada.