Intenté pasar una noche sin pesadillas, bebiendo un poco de ese asqueroso licor que dejó Anton, pero tuve el mismo sueño igualmente, y ahora me duele la cabeza como si me hubiera dado de golpes contra la pared. Además, esta mañana el mar está agitado. Menuda suerte la mía.
Ya he estado antes en situaciones peliagudas, pero nunca había tenido que obligarme a parecer tranquila ni había visto cómo se me crispaba la mano en la calle. ¿Por qué sigo soñando con eso? Siempre parece más un recuerdo que otra cosa. Y cada vez es peor. Tengo el sueño, y después, por la mañana, siento rígidos durante horas los dedos de la mano derecha y a duras penas puedo atar un nudo, y dejo de ver con el ojo derecho, sin previo aviso. No sé qué hacer. Si se lo cuento a alguien, se va a pensar que todas las noches me bebo el licor de Anton.
Voy a tirar por la borda lo que queda en la botella.