Corría el año en que la plaga de ratas clavaba sus dientes sangrientos en Dunwall y la despojaba de todas sus bondades. El año en que la gente en que vivía sumergida a la sombra de los grandes edificios de la ciudad era la que más sufría.
Aquel niño solitario no tenía más familia que una rata blanca. Todos los trozos de comida medio podrida que encontraba los compartía con ella. El chico no tenía nombre, solo los insultos soeces que le dirigían los matones y los bribones que le atormentaban a diario. Levantaban los puños, le amenazaban con cuchillos. Sonreían torvamente, mostrando todos sus dientes ennegrecidos.
El chico, amoratado y asustado, acunaba a su pequeña amiga contra el pecho, sentado en un callejón oscuro en busca de un momento de respiro. La guardia de la ciudad no tardó en encontrarlo.
“¡Circula!”, le dijo el guardia. El chico no sabía adónde ir. Intentó implorarle al hombre, que le respondió con un porrazo en toda la mejilla.
“¡Circula!”, le volvió a decir, frunciendo el entrecejo. El chico se dio la vuelta y echó a correr.
“Estará llorando en nada”, oyó que espetaba el guardia.
El corazón del chico se encogió de miedo. La rata lo miró lastimera, con aquellos ojitos rojos.
“Nadie nos ayudará”, le dijo el chico a su única amiga.