La gran peste. La muerte propagada. La maldición extranjera. Estos son los nombres que damos a la enfermedad que surgió brevemente, cobrándose decenas de miles de vidas a medida que se extendía por todo Gristol de casa en casa, de ciudad en ciudad, sin distinguir entre ricos y pobres. La capital, Dunwall, fue la que más sufrió, tan atestada de hombres y ratas.
Muchos temían que la enfermedad se extendiese a Serkonos, pero además del bloqueo naval efectuado en aquel momento, varios factores contribuyeron a impedir que aquel mal alcanzase nuestras orillas.
En primer lugar, en Serkonos las moscas de la sangre mantuvieron a raya la población de las ratas, que portaban la enfermedad. Enemigas por naturaleza, sabemos que las ratas se alimentan de las larvas de moscas de la sangre, y que cuando estas se desarrollan, depositan sus huevos en las ratas. En segundo lugar, es absolutamente cierto que los habitantes de Serkonos son más sanos que la mayoría. Al contar con los mejores alimentos, dar paseos matutinos y entregarnos a una ética del trabajo duro, hemos desarrollado una inmunidad ante enfermedades que afectan a pueblos menos vibrantes. Por último, el polvo de las minas se podía encontrar en Serkonos incluso en la época de la gran crisis de Dunwall; y ese polvo desempeñó un papel esencial. Es cierto que las ratas propagaban la enfermedad, pero ahora algunos filósofos naturales creen que también era transportada por las corrientes de viento. De este modo, podemos dar gracias porque, además de proporcionarnos riquezas gracias a la plata, las minas también nos protegieron de la mayor peste que se recuerda.