Maldición de Campbell

Dishonored

¡Maldito sea ese estúpido Hiram Burrows! ¡Lord Regente de pacotilla! Casi lo teníamos todo. Ahora llevaré la marca del hereje por el breve resto de mis días. La marca del hereje, ¡habrase visto! Debería haber prohibido el ritual, pero lo cierto es que pensaba utilizarlo contra algunos indeseables si surgía la necesidad; quizá incluso contra Hiram. Ahora ya está todo perdido. Cuando atisbo mi reflejo en un charco de agua sucia, veo el fracaso grabado en mi rostro. Soy un paria.

Y ahora me azota la peste. Ya siento arder la fiebre, y los pensamientos se me escapan como lampreas. No tardaré mucho en empezar a babear, a gemir y sangrar por los ojos. La semana pasada, degustaba excelentes vinos de Tyvia y disfrutaba de las comodidades que merecía mi puesto en la abadía. Hoy duermo en la mugre, perdido en este barrio lúgubre y destrozado.

Si ha de pudrirse mi mente, que sean estas mis últimas palabras; los últimos pensamientos coherentes de Thaddeus Campbell, un gran hombre, un voraz amante de la vida en todos sus olores y sabores, y otrora el Decano supremo de la mismísima gran capital, Dunwall.

Desde la negrura del Vacío, arrojo maldiciones sobre la cabeza de Corvo Attano. Fue él quien me arrebató todo cuanto estimaba.

Que las moscas aniden en tus ojos, Corvo, y que tus deseos acaben en ruina como tú has arruinado los míos.

--Thaddeus Campbell

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