Ayer me crucé por la calle con un decano, que tocaba la extraña música de la abadía. Bajo su máscara, no pude verle el rostro mientras hacía girar la manivela de su caja de música, pero pude oír su voz, mascullando versos de las sagradas escrituras.
El miedo me dominó, ya que está prohibido llevar talismanes de hueso y objetos similares que den suerte. Los decanos son completamente implacables en esta cuestión. Agarré con fuerza el que llevaba en el bolsillo, sentí su calidez y seguí caminando con la cabeza gacha.
Se dirigía a casa del galeno real, ese greñudo de Sokolov, y ocurrió algo extraño. Juraría que el talismán de mi mano reaccionó a la música del decano y se quedó frío. Pareció detenerse cierta vibración interior.
He encontrado un libro que quizá tenga que ver con esto, así que lo estudiaré para entenderlo mejor.