Por Anton Sokolov
Introducción
Una de mis colegas posee un asombroso mapa del mundo conocido. Está adornado con florituras y bestias marinas, y está colocado en el lugar predilecto sobre la repisa de la chimenea. Pagó generosamente por él, y se mostró muy resentida cuando enumeré los diferentes errores que contenía. Entre los principales, por supuesto, se encuentra el tamaño y la ubicación del continente de Pandyssia. ¡Ay, cómo odian los cartógrafos mostrar cuán pequeño es nuestro imperio en realidad y qué lejano comparado con esa masa de tierra gigante! ¡Como si Pandyssia estuviese tan solo a unos días de viaje de Arran!
Todo capitán de barco veterano sabe que hacen falta meses para alcanzar esas orillas.
No tenía ninguna duda de que Pandyssia era rica en recursos, pero hay que comprender los lugares, si queremos explotar algún día sus múltiples tesoros. En estas cosas pensaba cuando accedí a unirme a la desafortunada expedición. Y así fue como, en el tercer día del mes de la tierra, bajo el cielo gris y en calma, el gran navío Antonia Aquillo zarpó con su capitán, tripulación, investigadores y yo mismo (en total, treinta y ocho de nosotros) para lo que sería la experiencia más aterradora y espiritualmente agotadora de mi vida.