Por Anton Sokolov
Capítulo 14
Nos encontrábamos tan solo a unas millas de la costa, pero numerosos arrecifes ocultos y abruptas rocas malograban nuestro acercamiento. Se encontraban a poca profundidad y descubrimos dos embarcaciones que habían sucumbido a ellos tiempo atrás. Lo que quedaba de la tripulación mantuvo un silencio inusitado mientras bordeábamos los maltrechos restos.
El primer oficial afirmó que no se podía atravesar cierto canal particularmente estrecho. Pero el capitán envió a diez marineros con mazos al coral sumergido. A partir de entonces, con el agua hasta el pecho, usaron unas cuerdas para arrastrar al Antonia Aquillo a través del minúsculo canal. ¡Fue una solución maravillosa!
Sin embargo, cuando estábamos a punto de lanzar las escaleras de cuerda, aconteció la tragedia, ya que las anguilas que moraban en el arrecife acosaron a nuestros hombres. Por lo visto, sus mordiscos tóxicos eran muy dolorosos. Desde la borda, podíamos verlas acecharlos, mientras ellos suplicaban nuestra ayuda antes de sucumbir a los efectos paralizantes de la toxina. En cuestión de un momento todos se hallaban inmóviles en el agua.
Continuamos en silencio, y para el atardecer habíamos llegado a una bahía de playa de piedra rojiza y exuberante vegetación de color esmeralda, en la que echamos ancla.
¡Confieso que casi me mareaba la idea de volver a poner pie en tierra! El olor de la fruta madura y la cálida tierra me resultaban tan agradables como un buen vino viejo. Reunimos madera y encendimos fuegos, y nos consentimos un poco de carne enlatada y unos limones de nuestras bodegas. ¡Qué bien sentaba dormir en la playa junto al crepitar de los rescoldos cercanos, habiendo escapado por fin de los atestados y húmedos habitáculos de nuestro barco! Montamos guardia por turnos y pasamos una noche tranquila; ¡por fin estábamos en tierra de Pandyssia!