La verdad es que no guardo ningún rencor hacia Emily Kaldwin o su padre, el protector real. Nunca me han importado un pimiento esos nobles nacidos en palacios en Dunwall, así que, ¿cómo podría guardar rencor a una emperatriz o a otra?
No sería incorrecto decir que mis motivos para ayudar al duque eran al menos dobles. Quería avanzar la empresa de la Filosofía natural, por la tarea en sí misma, y mostrar a esos pesados idiotas de la Academia la luz que casi extinguieron. Lo que es más, claro está, no me es ajena la infamia y de hecho me gusta.
Pero mi deseo lo mueve algo más.
Las dinastías se erigen y caen con los años, mediante cataclismos mundanos como la enfermedad, la peste o la bancarrota. Ahora, no obstante, ¡vivimos en un tiempo cuya forma viene definida por el genio! Al igual que Roseburrow, Sokolov, Joplin e Hypatia han puesto en marcha las ruedas de la historia con sus contribuciones, así lo hará Kirin Jindosh.
Y mi objetivo consiste en eclipsar a aquellos que vinieron antes de mí. Sin importar cómo registren los libros de historia este cambio de poder, deberán declarar que tuvo lugar solo gracias a los avances en la exploración tecnológica e industrial. El poder descansa ahora en manos de las personas brillantes, y el mundo no volverá a ser nunca el mismo.